Ginés Liébana
LA TRADICIÓN y el yunque no prevalecen solo
en los metales de las puertas de la casa
del corazón.
Cuando el agua encerrada en la tierra
irrumpe libre por los dorados caños de la
fuente,
no puedo evitar ser río.
En su arrebato desbordado no me cobra el
beso
y por la delantera, su humedad me
acompaña
y distrae mis asuntos.
La frescura limpia la amarga canalera,
en las acacias canta el “diostevé”
y el trino de la guitarra
le arranca la trenza a la taranta.
Dejando en tus manos lo que necesito,
las entregas trabajan por el lateral de la
transgresión
y en mi huida busco con apremio
el escondido cauce del Ventojil.
sábado, 7 de febrero de 2009
INCISO DIDÁCTICO
Ante la temblorosa incertidumbre no me dejo ver.
Me vuelvo, me desvelo de mí,
nutrido de abrasante espera.
No levanto ni un terrón del suelo.
Me arrastra un duende-niño.
Con temblor me arriesgo a que el aire elegido
pierda compostura.
La puerta de bronce cede a la estampa temprana de tu boca.
Poema: Ginés Liébana
Me vuelvo, me desvelo de mí,
nutrido de abrasante espera.
No levanto ni un terrón del suelo.
Me arrastra un duende-niño.
Con temblor me arriesgo a que el aire elegido
pierda compostura.
La puerta de bronce cede a la estampa temprana de tu boca.
Poema: Ginés Liébana
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